El coche

A Grete Samsa, que se cansó demasiado pronto

 

Cuando Kilian se decidió por  aquel modelo, ella  no imaginaba que las cosas cambiarían de una manera tan drástica. Antes de comprar el coche, salían con la peña; a veces los amigos le dejaban la llave, lo hacían con gusto y con oculto interés porque a la vuelta se lo encontraban siempre con un equilibrado de ruedas a punto, los  niveles revisados, el depósito lleno y un sonido limpio que daba gloria oír.

Sin embargo, ansiaba un coche propio, quería sentir su coche, cuidarlo, acariciarlo.

La propuesta de  Silvia, un coche de segunda mano,  caía siempre en saco roto. Ella pretendía ahorrar, ir pensando en la entrada del piso, la hipoteca. Hacía números, visitaba cajas y bancos pero apenas tenía ocasión  de hablarlo con calma. Él andaba en otros números, quería un coche, un modelo ultramoderno con el máximo de prestaciones. El precio, lo de menos.  Compraba revistas, visitaba exposiciones, se detenía absorto en los escaparates de los concesionarios hasta que Silvia le tiraba del brazo, harta de escuchar siempre la misma  cantinela.

–Ese será mi coche, míralo, parece que me sonríe. ¡Qué cochazo! Ese se pone a 150 en veinte segundos. Entra conmigo.

Era como un niño al que no se puede dejar solo. Prueba de ello es que, sin que ella lo supiera, ya había dado una paga y señal. Y una tarde pasaron a ver el modelo.

–Silvia, escucha cómo suena la puerta. Es música. Voy a  arrancar. Escucha. Estas  válvulas son música. Siéntate, recuéstate, relájate. Esta tapicería la he elegido para ti.

–Es muy caro. Si lo compras, nos despedimos del piso. ¿No lo entiendes? 

– ¿Es cierto  lo de los ciento veinte  en dieciséis segundos?

–En condiciones normales, sí.

Una semana más tarde pasaron a recogerlo, ella de morros, Kilian, loco como un niño en el día de reyes. 

–Me gusta la  matrícula, Silvia. Se graba enseguida en la memoria. HCH 6119.  Es erótica ¿verdad? 

Silvia veía excesivo el precio, era uno de los más caros en su gama. Pasada la emoción de las dos primeras semanas, la novedad del estreno y  los extras que fue comprando, ella observaba que le había cambiado el carácter. Lo  veía tenso, irritado, inaguantable. Toda su atención, todo su cariño era para su coche. La puerta se cierra más suave, me has dado un golpe brutal, sécate los pies antes de pisar la alfombra. Sólo existía el coche, vivía para el coche, mi coche. Su coche. Silvia llegó a sentir celos del  coche.

–Le he puesto Aguilucho. ¿Te gusta el nombre? A mi madre también.

El domingo anterior al gran portazo ya habían tenido una pequeña discusión. Silvia le había sugerido que podían acercarse al castillo. El Departamento de cultura de la comunidad  acababa de restaurarlo y  había montado una exposición de arte árabe. Sorprendentemente aceptó Kilian la propuesta. En el trayecto  Silvia iba leyendo las explicaciones breves del programa para ir haciendo boca.

–Yeserías de arabescos. ¿Qué chorrada es eso de las yeserías?  ¿Por qué no hablan claro?

–La geometría, Kilian, esas filigranas típicas el arte árabe.

– ¿Oyes eso, Silvia? ¿Qué es ese ruido, amiguito?

–Desarrollaron mucho la geometría porque no podían representar figuras humanas.

– ¡Otra chorrada! ¿Por qué no podían pintar figuras humanas? ¿Qué me dices de ese ruido extraño?

–No oigo nada, Kilian. Sigo. Sistemas de riego de los que quedan restos en la península. Kilian ¿me escuchas?

–Y ahora ¿qué te pasa?

–A mí, nada

–No hablo contigo. Estoy hablando con Aguilucho. Algo te pasa y no me lo quieres decir. ¿Qué es ese ruidito que vengo oyendo, amigo mío?

Otra vez el coche, el maldito coche. Aquella actitud  entre infantil y egoísta la  cargaba bastante.

–Anda, hombre, deja en paz un ratito a tu Aguilucho y el ruidito ese. Yo no oigo nada especial. Te estaba leyendo el arte con los Omeyas. Mira, es allí arriba.

–Lo siento, Aguilucho, pero nos vamos a parar antes de la  subida. No vas a gusto. ¿Verdad que no?  Quiero ver qué es lo que te pasa.

– ¿Pararnos ahora? ¿Por qué?

– ¿Se puede saber dónde tienes las orejas?

–No me hables así. Te pregunto que por qué nos paramos.

– ¿No lo has oído? Un carburante malo, con impurezas, puede joderte el motor. Esta última gasolina no me gusta nada. En la próxima estación de servicio compro el bote limpiador.

–La visita comentada es a las once. Falta un cuarto de hora.

–Es igual. Sube andando. No hace falta desmontar el carburador. Se quita el filtro y por la toma de admisión echo el bote, es una especie de tres en uno. Si no desaparece el ruido, entonces sí que tendré que desmontarlo todo.

Tres horas más tarde, Kilian la recogía a la entrada de exposición. Silvia volvía contenta de ver cerámicas, muebles, reproducciones del arte árabe de la época de los Omeyas.  

– ¿No crees que exageras, Kilian? ¿Qué has hecho en todo este tiempo? Te has perdido unas salas que acaban de restaurar, han quedado preciosas, tú que eres un manitas habrías disfrutado con los adornos geométricos y la marquetería de los muebles. 

–Acabo de descubrir que este líquido es milagroso, no hace falta desmontar el carburador. Escucha ahora el ralentí. ¡Qué sonido! Pura música, justo, las revoluciones que pide el motor. ¿No ves la diferencia?

–Si te digo la verdad, no lo sé apreciar. Si apagas un momento el motor, tal vez escuchemos desde esta atalaya el silencio.

–Ya está la ecologista de turno. Al coche hay que cuidarlo como se cuidan los ojos. Al primer síntoma, al médico.

Y así cada día. A todas partes tenían que ir en coche. Era necesario sacarlo cada tarde, con cualquier pretexto. A los pocos días llegó el desastre.

–Que te metas tu coche donde te quepa, tirano de mierda.

Como picada por una víbora, la  muchacha salió del coche. El portazo fue sonado. Kilian se llevó las manos al corazón, la onda expansiva le había llegado al pecho.

Se había empeñado en ir en coche al mismo centro de la ciudad para comprar unos guantes de conducir. Silvia le había aconsejado caminar, era más relajado pasear de tienda en tienda mirando los diferentes tipos de guantes con dedos abiertos o cerrados. No, era preciso sacar el coche. La ciudad, en la hora de  los colegios, se congestionaba.

–Aguilucho quiere ver  mis guantes y hoy no ha salido el hombre.

Aparcó en zona de carga y descarga y dejó encendidas las luces de posición.

–Vuelvo enseguida. Es ahí delante. Tú no te muevas.

Oportunamente apareció un urbano que vigilaba aquella zona congestionada. Educado, pero firme, ordenó a la mujer que  moviera el vehículo inmediatamente porque la zona estaba reservada a carga y descarga. Había furgonetas esperando.

– ¿Puedo ir a buscar las llaves? Mi novio está aquí mismo, en esta tienda de delante.

El agente, que estaba de buenas, lo aceptó con media sonrisa. Kilian se estaba enfundando unos guantes  de piel junto al mostrador. Cuando la vio, los ojos le saltaban de las órbitas.

– ¿Qué ha pasado? ¿Estás loca? Has abandonado el coche.   

–Rápido, dame las llaves, que si no, nos multan o se lo lleva la grúa.

– Ten  mucho cuidado, date una vuelta, te espero aquí mismo  en cinco minutos.

Era la primera vez que se desprendía de las llaves. Sin las llaves no era dueño de su coche. Tuvo la sensación de que la gente lo miraba como si estuviera desnudo o sencillamente en calzoncillos, esos calzoncillos  blancos, de pernera ancha, como los de su padre.  

Cuando salió a la calle encajándose bien los guantes, no vio el coche, tampoco estaba  Silvia. Estaba perdido, como el vaquero que sale del salón con las piernas abiertas, el sombrero echado atrás y ve que su caballo ha desaparecido. ¿A dónde iría el jinete de piernas zambas sin su corcel? En la  esquina, unos metros más allá, Silvia le hacía señas con la mano. Corrió hacia allí y en cuanto llegó, echó la vista al suelo. Lo que vio le nubló la vista, unos trozos de plástico rojo. Inmediatamente  miró a su intermitente. Estaba roto. El embellecedor estaba en el suelo hecho añicos.

– ¿Qué ha pasado aquí? ¿Qué me has hecho, Silvia? ¿Me lo puedes explicar? ¡Que desastre!  La primera vez que te lo dejo! Me has destrozado el coche.

 Silvia, armada de paciencia intentaba contenerse. ¿Cómo podía hacerle ese reproche? Me has destrozado el coche… un simple plástico que se cambia en diez minutos.

–Kilian, mira, ten los datos.

No la dejaba explicarse. Todo eran ataques, uno detrás de otro. Pasó delicadamente la mano enguantada por el sitio del golpe, como si  tocara una herida abierta. Movió a un lado y a otro la cabeza. Se quitó los guantes, se miró la mano derecha y se la frotó, como si le doliera.

–Te explico lo que ha pasado. Serénate. No ha sido nada, te ponen mañana el plástico en el  taller autorizado y ya está. Lo tienes cubierto por el seguro. No es para tanto, hombre.

– ¿Qué no ha sido nada? ¿Qué no es para tanto?

Intentó explicarle el accidente con calma. Un conductor, al dar marcha atrás, había golpeado el plástico rojo. Se había reconocido culpable, había firmado el parte sin problemas. Ella había recogido los datos del contrario en presencia del agente de media sonrisa.  La bombilla del intermitente funcionaba, la cosa era puramente estética

– Tú con el seguro te crees que lo has arreglado. ¡Qué gracia!  El seguro. ¿Y el coche? ¿Y Aguilucho? Ha recibido un golpe, su primer golpe. Tenías que haber vigilado. A  mí no me habría pasado. No vuelvo a dejarte el coche en mi vida.

–Pero ¿no ves que ha sido culpa del otro, que tu coche estaba bien aparcado, que tenemos el parte firmado?

–Culpa del otro, culpa del otro. Culpa tuya por no mirar lo que hacen los ineptos. Mira cómo ha quedado el pobre, nuevo, como estaba. Y ahora…   

–Anda, vámonos, métete de una vez en tu coche que me estás poniendo de los nervios.

No estaba dispuesta a aguantar tanto mal humor, tanta humillación  por algo insignificante y de fácil solución. Además ella no tenía la culpa. En medio del agobio de tráfico la discusión se fue elevando de tono. Que a mí eso no me pasa. Que lo dejes. Que no lo dejo, que la has pifiado. Que lo olvides. ¿Olvidar? Que me dejes en paz. Es la primera y última vez que te dejo las llaves, manirrota. Para, por favor. No vuelvo a dejarte el coche en mi vida. ¿Me quieres dejar en paz? Aquello le había dolido como una herida abierta. Kilian no daba tregua. Seguía contrariado, rabioso, intratable.

– ¡Para! ¡Para, ahora mismo!  Acércame a la acera. Me largo.

–Aquí no se puede.

–Para aquí mismo o me tiro.

–Un momento. No sé qué prisa se te ha metido ahora.

–A mí no se me ha metido nada.

Detuvo el coche a dos metros de la acera. Silvia recogió su bolso del asiento trasero, abrió la puerta con furia y cerró de un sonoro portazo.

– ¿Sabes qué?  Que te metas tu coche donde te quepa, tirano de mierda. 

 

                                               ***

A media noche el portazo todavía sonaba en sus oídos.  Apenas durmió. Ya de madrugada, algo más calmada, deseando ser objetiva, fue repasando la conducta de ambos desde la compra del dichoso coche.

No habían pasado dos meses. Ella había cedido, el modelo era uno de los más caros de su gama. Había transigido en pagar a medias los extras, le había prestado incluso algún dinero para los trámites de la matrícula y el seguro, a pesar de que el coche iba solo a su nombre. El sistema de financiación corría a cargo de Kilian, había firmado con su banco unas buenas cantidades al mes. ¿Qué más quería?  No recordaba tanta agresividad entre ellos. Todas las reflexiones le llevaban al mismo punto. Desde que se compró el coche se había transformado. Era otro.  Al volante, se sentaba otro Kilian totalmente desconocido. ¿Cómo vas, Aguilucho? Te siento suave y contento, tú dímelo, si te agobio. No estoy hablando contigo, estoy hablando con Aguilucho.

Siempre había sido un fanático del automóvil. A los dieciocho años  aprobó el examen de conducir al primer intento. Alumnos, como él, eran la ruina de las autoescuelas. De pequeñito, le había contado una vez Ascensión a la muchacha,  jugaba a conducir el coche de línea que llevaba al pueblo de los padres. Era un baúl viejo, cubierto con un  trapo que un día fue mantel. Allí sentaba a sus amigos Julianín y Pablito. Obedientes a las indicaciones de Kilian, iban detrás, botando, si el camino era de tierra o inclinándose en las curvas, según iba ordenando el conductor.  En su habitación tenía una vitrina llena de  miniaturas de todas clases, de plástico, réplicas de coches antiguos en perfecto estado, regalos de reyes de cada año.

Lloró Silvia aquella noche pero no se arrepentía del portazo. Estaba harta. Por la mañana las compañeras de la planta se lo notaron. El maquillaje no podía ocultar las ojeras y la tristeza. Ya verás como todo se arreglará, le decían, pasa en todas las parejas.

                                               ***

La patrulla, en su salida matutina, encontró el coche a varios kilómetros de la ciudad. Era extraño. Un coche completamente nuevo abandonado en un paraje solitario.

– ¿Te has dado cuenta de como lo he abierto? Fíjate, con el mando a distancia del televisor viejo. Para que veas si sirven o no los cursillos de telemática.

–Que se fíe la gente de  la electrónica.

–Ya lo has visto.

–Mañana probamos con el de mi cadena de música. 

–Anda, ya , fantasma.

–Vale, incrédulo. Entra y toma nota.

–Nada de valor, las cerraduras no aparecen forzadas. El coche perfecto. Ya se ve que es un manitas.

Seguidamente comunicaron con la central por si había algún aviso de robo, pidieron instrucciones a seguir y esperaron  una grúa. Eran las diez de la mañana. Las diez de la mañana y Silvia no había recibido un solo mensaje de Kilian, ni una llamada ni una simple perdida. Estaba terminantemente prohibido usar el móvil en horas de trabajo. Aquella mañana se arriesgó a recibir una sanción, lo llevaba conectado en el uniforme en modo de vibración. Pasó toda la mañana atendiendo distraída  a las clientas. El mensaje esperado, la llamada de disculpa o reconciliación no llegaba.  Se martirizaba más y más a cada hora que pasaba. Más tarde  sintió en la pierna el cosquilleo de una llamada.  Corrió a esconderse en el lavabo. Abrió rapidamente. No era él, era Ascensión.

–Esto es un sin vivir, estamos intranquilos, hija. ¿Qué sabes de Kilian? No ha venido a dormir esta noche. No ha avisado. ¿Qué le ha podido pasar?

Silvia se sobrepuso a la sorpresa. Aquella noticia era preocupante pero intentó transmitir a la madre una sensación de tranquilidad. Le contó que habían tenido una pequeña discusión,  habían ido de compras, unos guantes para conducir y  después cada uno se había ido a su casa.  La madre, desconfiada y asustada, insistía. Silvia oía el ruido de fondo, la tele y el eterno “Mamá, mamá” del loro Tiburcio.

– Algo le ha pasado. ¿Oyes a Tiburcio? Está loquito, lo echa de menos el pobre.

Silvia intentó tranquilizarles sin atreverse a  explicarle la discusión de  fondo, su irritabilidad, su actitud insoportable. No quiso decirle que últimamente se preocupaba más del carburador que de ella.

–No pasará nada, mujer, nada. ¿Ha llamado al banco?

–Claro que he llamado, Silvia. No ha ido a trabajar, no ha aparecido por la oficina, con lo formal que él es. Estoy asustada. ¿Cómo quieres que esté?

La mujer hipaba. Silvia, entre el  “mamá, mamá” del loro maldito y los anuncios de la tele que se filtraban, estaba perdiendo los nervios, con la mala conciencia de estar escondida en el lavabo de los clientes. El hecho de faltar en el banco suponía un cambio de escenario. Kilian era un escrupuloso cumplidor de su deber en  el trabajo. ¿Un accidente, después de la discusión,  ofuscado por el plantón y el portazo? Todo era posible, una mala jugada de los nervios, una perdida del control.

–Discutimos un momento por un pequeño desperfecto en el coche. Pero nada más.

– ¿Tuvisteis un accidente?

–No, no, nada importante. Otro coche, cuando estaba aparcado el de Kilian le rozó un poquito y rompió uno de los intermitentes, sólo el plástico. Pero ya sabe usted cómo lo cuida. A lo mejor lo ha llevado al concesionario o al taller.

–Dime la verdad, Silvia. ¿Discutió con el  otro? ¿Se pegaron? Dime la verdad. Yo sé cómo es mi hijo cuando le tocan el coche. Con la ilusión que tenía el niño.

–Seguro que lo ha llevado a reparar, le estarán colocando el embellecedor.

– ¿De verdad? Este hijo mío ¿Dónde estará?

–Perdone, Ascensión, tengo que dejarla. Estoy en el trabajo, en cuanto acabe, paso por su casa. A ver si para entonces ya ha llegado.

Ascensión no se creyó lo del taller y la reparación. Nada más colgar, recibió otra llamada. El loro Tiburcio saltó  con su garrir machacón  “Mamá, mamá”. Le temblaba la mano cuando cogió el teléfono.

–Dígame. ¿Eres tú, Kilian, hijo?

Ascensión se echó a llorar. Un agente de tráfico la informaba de que se había encontrado el coche aparentemente abandonado en un camino rural. La grúa lo trasladaba al depósito municipal para evitar el robo o el saqueo puesto que el vehículo era nuevo y el lugar, solitario. El traslado corría lógicamente a cuenta del propietario sin perjuicio de una sanción. La mujer buscaba consuelo en el marido. Raimundo no se inmutó. Como cada mañana, estaba sentado delante de la tele. Ponían un documental sobre Marte.

Sin pasar por casa para comer, por fin se presentó Silvia. La madre se le echó al cuello como si hubiera ocurrido una  desgracia. Inmediatamente le contó la llamada de la policía. El coche estaba abandonado y  lo llevaban al depósito municipal.

–Mamá, mamá.

– ¿No puede hacer callar a ese loro?  Me pone nerviosa.

–Pobre Tiburcio. Lo está echando de menos más que mi marido. No para el pobre. Dale un puñado de pipas, Rai.

– ¿Dónde lo han encontrado?

–No sé, hija, me lo han dicho, tengo la cabeza… un camino de tierra, Pinar de no sé qué.

Con la publicidad el padre apagó la tele. Apareció tranquilo, en pijama, por la puerta de la cocina. Delante de Silvia, recordó a la llorosa Ascensión que, desde que tenía coche nuevo, no era la primera noche que no dormía en casa.

–No es la primera vez, Silvia. Siento decírtelo pero creo que tú lo tienes que saber. Acuérdate, Ascensión. El otro día, sin ir más lejos. Llamó y me dijo: Si mi novia pregunta por mí, que no me puedo poner, que me llame al móvil. ¿No te acuerdas? Tu hijo no es ningún angelito y tú estás un poco ciega.

Aquello era nuevo. Nunca le había hablado de ausencias nocturnas. ¿Tenía una doble vida? Se fue preocupada y triste a su casa. Comió rápidamente con su padre que la esperaba impaciente. A  las trestenía que estar de nuevo en la planta de señoras.

                                                           ***

Kilian escuchó el diálogo de los guardias medio aturdido. Lo llevaban al depósito municipal. Intentó moverse, dar las gracias a los agentes por  alejarlo de un lugar tan solitario y acercarlo a casa, pero tomó clara conciencia de que lo suyo era una tremenda jugada del destino. No podía hablar, no sentía sus manos, no sabía dónde estaban sus pies. Su conciencia estaba  diluida, difuminada por la superficie  metalizada del coche, entre los cables, conductores de líquidos y diminutos artilugios eléctricos que él conocía al dedillo. Oía a través de la membrana de la bomba, le entraba algo de claridad a través de los faros, por la superficie de la carrocería sentía  la temperatura, pero no podía hablar, oía pero no podía responder. Intentó varias veces, gritar, toser, que dejaran de manosear su coche, que él estaba bien y que muy agradecido.

¿Qué era aquello? ¿Un sueño, una pesadilla? ¿Era la muerte? ¿Podía ser eso la muerte, ver y oír a los otros y no poder decirles nada porque está en  otro mundo? No podía ser la muerte  porque seguía oyendo a los policías, porque deseaba tener cerca a su novia, acariciar su cuerpo, su cara, su cuello, sus piernas y eso no lo puede desear un muerto. ¿Era un castigo del cielo por la discusión del día anterior?  ¿Era su amor al coche por encima de otros amores lo que  le había arrojado a ese estado, a esa situación de prisión mecánica? Silvia se había enfadado. A él le dolía aún el golpecillo en el intermitente. Aprisionado entre bombillas, niveles, líquidos y cables, era consciente de que gomas, plásticos y metales formaban ahora parte de su cuerpo que aún se resentía del golpe. No podía manejar el móvil en  aquel estado sorprendente. ¿Dónde estaba? ¿Dentro de su coche? ¿Era ya parte de su coche?  ¿Qué metamorfosis tan rara  estaba padeciendo?

Aquel estado era tan extraño, tan violento, tan  inasumible que una  defensa anestésica se encargó de desconectarlo del mundo. Perdido el conocimiento, se durmió, aparcado en un rincón del depósito municipal. Dormido evitó también sufrir  por sus padres y, sobre todo, por Silvia. Dormido evitó examinar el lugar oscuro, húmedo, ruidoso y triste en que lo dejaron los guardias.

Mientras todo el mundo se preocupaba por él,  Kilian dormía profundamente fundido en su propio coche. Soñó que se encontraba en medio de una habitación grande, de forma hexagonal. En cada pared del hexágono había una televisión encendida y en cada pantalla un programa diferente. Sentado en el suelo veía a la vez los seis programas de televisión. Vestía un pantalón corto, era un niño. En una de las pantallas, una película de espías alemanes, en el otro televisor otra antigua, en blanco y negro. Salía Ava Gardner llorando. Era la favorita de su madre. En otra había anuncios de coches de cristal y de oro. En  otra, sólo rayas y nieve, como cuando  no aparece un canal, y en las otras dos, deportes: carreras de coches y carreras de bicicletas. Los pilotos de Fórmula Uno eran curiosamente niños y niñas y en la pantalla de las bicicletas  iban pedaleando unos esqueletos. Mientras veía las seis pantallas, era consciente de que iba siguiendo el argumento de la película de espías, las dos competiciones deportivas, las rayas y nieve en una de las pantallas,  la perfección del cuerpo de Ava Gadner y el anuncio de coches de oro y cristal. Su padre entraba en la habitación y desenchufaba la tele.

Cuando se despertó reconoció que aquel  sueño  respondía a una reciente discusión. Una noche su padre entró en la habitación y Kilian lo ignoró completamente. Oyendo música y viendo su tele, no se había percatado de la presencia del padre que le estaba regañando. Tenía a tope  los auriculares, mientras seguía una carrera de motos en la pantalla con el volumen a tope.

–Te voy a comprar tres teles más y te las pones aquí delante, todas a la vez, a ver si te vuelves loco.

No  había una pizca de ironía en sus palabras sino tristeza, cansancio. Ahora, en su nuevo estado, lo sentía como una advertencia profética. En muchos aspectos, reflexionaba en aquel rincón municipal, había llevado una vida entregada totalmente a la mecánica de su coche y  a la  electrónica.

De estas reflexiones le sacó el ruido de alguien que abría la puerta. El  policía  estaba poniendo todo perdido con los polvos para detectar huellas. El salpicadero, los cristales, la tapicería, todo estaba cubierto de polvo blancuzco. El agente y sus movimientos dentro del coche le incordiaban. Si al menos, hubiera entrado una policía.  Cuando el agente abandonó el coche, a punto estuvo de caerse porque se enredó con el cinturón de seguridad. Kilian, después de esta travesura, volvió a quedarse dormido y comenzó a soñar de nuevo. 

En el coche él iba de copiloto. Humillante perfidia del destino. ¿Quién, demonios, era el conductor? No lo reconocía. Detrás iban Ascensión y un personaje indefinido que podía ser su padre, también podía ser su novia. El padre le regañaba por ir tan deprisa. El estaba  molesto porque, sin ser el conductor, encajaba como justa la reprensión. El sueño era en blanco y negro. La carretera negra, las  rayas del suelo, recién pintadas. Seguramente iban  a comer en algún restaurante o mesón cercano. El coche rodaba a gran  velocidad y se deslizaba  con enorme suavidad  sobre la superficie lisa de la carretera. Kilian  disimuladamente  echó una ojeada al retrovisor para ver las caras de los de  detrás. La madre, repantigada en el asiento, miraba complacida el cogote de su hijo. A ella también le agradaba la velocidad. Tenía en él una confianza ciega. El otro personaje, ahora ya no era tan claro que fuera el padre, mostraba un semblante severo porque no disminuía la velocidad. Pero ¿por qué  se enfadaba con  él si conducía el otro? ¿Quién  era el otro? Kilian no tenía hermanos. Poca luz, carretera negra, de noche, rayas blancas. El agobiante blanco y negro dominaba el sueño. El coche marcaba 270 kilómetros por hora. Quiso advertir al conductor de que acababan de pasar una señal que limitaba la velocidad a 26. No podía hablar. Tenía la boca como de corcho, paralizada, las manos no le respondían, no podía moverse ni tocar al conductor en el brazo  para que redujera la velocidad. El conductor impasible, era como un autómata. Giró el volante para adelantar a un coche negro, Kilian intuía la tragedia, quiso gritar, coger el volante, llamar la atención del conductor con un manotazo. Era incapaz,   un mudo paralítico. Y apareció el otro coche. A medida que se acercaba,  se abría el capó delantero, convertido en una enorme boca de tiburón con dientes enormes. Habían chocado violentamente. Sobre el parabrisas cayo, como un escupitajo sanguinolento, una gran mancha de sangre que les impedía ver. Eran las amígdalas del tiburón. ¿Se lo había tragado?  ¿Aquella sangre del parabrisas era su sangre?  Estaba solo en el coche. Oía palabras sueltas: Se ha matado. Como un loco. No hay derecho. Pobre chico. Después ya no estaba solo. Detrás Silvia, llena de sangre también, aparecía a su lado con las piernas cortadas, las  piernas  bonitas de Silvia. Han muerto los cuatro ocupantes, escuchó que decía alguien fuera. Sintió pena de su padre.  Silvia estaba desfigurada. Entre la sangre que corría por sus piernas  aparecía una pelota, era como una cabeza de  niño, aquella sangre bien podía ser la sangre de un parto. Silvia estaba muerta, la cabeza de niño se movía.  Las  luces intermitentes de color azul y ámbar iban y venían. El ruido de las sirenas era constante, pero ni una cosa ni otra le producía sensación alguna de angustia. Oía murmurar su nombre por  los corrillos. Todos censuraban su manera temeraria de conducir. Kilian se alegró de estar muerto. No tendría que dar la cara cuando descubrieran los papeles falsos.  ¿No iban cuatro?, preguntó a alguien el policía. Después de registrar el interior con una linterna encontraron una muñeca de trapo, los brazos y la cabeza caídos hacia delante. Del vestidito caían gotas de sangre.

                                               ***

Silvia  estaba muy preocupada desde que se enteró de lo del banco. La entristecía por lo que significaba de falta de confianza. La madre por fin recordó el lugar, el Pinar de las Monjas, donde lo habían encontrado los guardias. Era un camino de tierra a las afueras. A veces  daban por ella un pequeño rodeo y  evitaban la autopista de peaje. No había conseguido tranquilizar a la madre. El padre se había tomado la desaparición con mucha filosofía, era extraño a no ser que supiera más de lo que decía. Éste, le había dicho el padre delante de Ascensión,  va a aparecer en cuanto el jefe le llame  y lo ponga  firme. La falta al trabajo le resultaba a la muchacha más preocupante que el no haber dormido en casa. Después del coche, lo más serio de su vida era el banco. Era un empleado cumplidor.

Ella misma llamó al director de la sucursal, él también estaba muy extrañado de no tener noticias, le pidió que lo avisaran en cuanto supieran algo. No se hablaba de otra cosa en la oficina.  Al día siguiente salió una hora antes del trabajo y acompañó a Ascensión al depósito municipal. La mujer quería a toda costa  ver el coche de su hijo. Mientras la madre pagaba en la oficina el servicio de la grúa y la multa por aparcar junto a un puente, Silvia se acercó al coche y se sentó en el lugar del conductor. Kilian se despertó del sueño angustioso del tiburón y las piernas cortadas. Reconoció inmediatamente a Silvia que buscaba los papeles. Intentó hablar, no le salía la voz, se exasperaba al verla tan cerca y no poder tocarla. Hizo un gran esfuerzo por rozarla al menos. Silvia dio un bote en el asiento; sintió como si le hubieran pellizcado en el muslo. 

– ¿Qué ha sido eso? ¿Te ha dado un calambre?

–No sé. Me he debido de dar un golpe con algo.

Ascensión rodeaba la carrocería, lo  miraba todo buscando  algún detalle que le diera una pista. Nada extraño, ni un rasguño, ni manchas de barro  o de sangre. Sólo faltaba el plástico del intermintente

–Por dentro, igual, Ascensión, todo perfecto. Ni las monedas sueltas que lleva aquí siempre para el peaje. Los papeles, la documentación del coche, también. Está todo.

Kilian no insistió, dedujo que le costaría un poco hacerse entender. Algo había conseguido. Tal vez con más entrenamiento podría llegar a dominar  el cuentakilómetros, el cuentarrevoluciones y podría manipular el miniordenador de consumos y velocidades medías y finalmente hacerse entender. Silvia salió del coche y cerró con cuidado. Cuando Kilian vio que se alejaban, cogidas del brazo, miró a su madre con cierto desprecio. La silueta de Silvia, deseable y joven,  dejaba en ridículo la figura gordezuela de Ascensión. Ella también era culpable de la situación en la que se encontraba. El padre le censuraba sus excesos, ella, al contrario, le animaba en su loca pasión por la velocidad. ¿Por qué confiaba tanto en sus reflejos, si más de una vez estuvieron a punto de estrellarse? Reconocía que su padre tenía razón.

Se acordó de aquel día fatídico. Había alquilado un coche para pasar por un pueblo cercano y comer en el mesón. Era invierno, hacía mucho frío y por la carretera apenas circulaban automóviles. Su padre le avisó en  varios momentos de que pisaba demasiado el acelerador. ¡No seas cenizo, hombre! Déjale, no ves que vamos solos por la carretera. El coche pide más.

El padre, realista y conservador, decía que se dejara de historias, que la carretera no era suya. La madre quitaba hierro al asunto. Kilian es prudente y tiene buenos reflejos. En una recta, sobrepasando con mucho el límite de velocidad,  quiso adelantar al coche que le precedía justamente donde comenzaba una señal de prohibición por cambio de rasante. En cuanto invadió el carril contrario,  se le echó encima otro coche que venía en dirección contraria. Aceleró hasta que rugió el motor, viró rápidamente y volvió a colocarse en su carril. Esa maniobra, Kilian lo sabía, sale bien una vez de cada cien. Había cometido una imprudencia muy grave.

–Si te quieres matar, mátate tú solo. ¿Has visto lo que acabas de hacer?

–Al final no ha pasado nada. ¿Verdad, hijo?  Kilian tiene muchos reflejos.

­–Ni reflejos, ni leches. Nos ha podido matar a los tres. Que se mate él solo. A mí no me das otro susto como éste.

Kilian no abrió la boca. Recordó la película del cartero que nunca llama dos veces. Para reflejos, reconocía en silencio, los del contrario, que se ha tirado al arcén. Si no es por él, no lo cuento. Y se acordó del sueño.

 La madre no estaba convencida de dejar allí el vehículo, como abandonado.

–Si usted quiere, nos lo llevamos.  Lo aparco cerca de su casa hasta que aparezca Kilian.

–Ni rastro de mi hijo. ¿Qué vamos a hacer, Silvia?

Silvia la abrazó, dejó que reposara la cabeza en su hombro y le dio unos pañuelitos de papel. Era preocupante ver cómo pasaban las horas sin noticias de Kilian. El llanto de la madre la impresionó. Comenzaba a temer un desenlace poco definido, finalmente triste. Kilian seguía la escena mirando por los faros de niebla y se fijaba en las bonitas piernas de su novia.

Mientras  Silvia  y su madre decidían  a dónde llevárselo, los funcionarios  bromeaban entre ellos y daban  distintas versiones  al caso.  Kilian,  que no paraba de hacer experimentos desde que comenzó a tener  conciencia de su nuevo estado, mitad humano, mitad cables y contactos, conectó, vía satélite a través del GPS con el Webcamp de la garita y los escuchaba perfectamente con rabia contenida.

–El  tío seguro que está por ahí de juerga, valiente caradura, y mientras, mira, aquí su madre llorando y la novia no tiene quien la consuele. Quien pudiera consolarla.

–Vete a saber, a lo mejor se ha perdido. Les va mucho a los jóvenes el deporte de riesgo. Cualquier día aparece su cuerpo entre unos matorrales o en el fondo de una sima. 

Kilian habría electrocutado a los funcionarios con un contacto desde el regulador si hubiera podido elevar el voltaje. En ese momento  Silvia y su madre volvían decididas al coche. Desde la garita  uno de los urbanos gritó.

– ¿Han presentado denuncia?

–No, porque el coche está en perfecto estado.

–No por el coche, señora. Por el dueño. Lleva más de veinticuatro horas desaparecido. Denuncien su desaparición a la policía si no quieren tener problemas.

Inoportuna advertencia, pensó Silvia. No le faltaba más que eso a Ascensión. Desaparecido, palabra maldita. Silvia lamentó  el poco tacto del agente.

Arrancó suavemente mientras ponía una mano en su rodilla para consolarla.

–Tengo el  presentimiento de que aparecerá pronto, Ascensión.

–Dios te oiga, hija.

–Ahora la llevo a casa. Y a esperar. Hágame caso.

–Hay que encontrar al niño, no nos podemos quedar de brazos cruzados. Puede estar malherido el pobrecito en alguna cuneta,  abandonado de la mano de Dios.

–Lo haremos, Ascensión.

Después de que Silvia dejó a la madre delante de su portal, Kilian estaba contento porque no dormiría en el lóbrego depósito municipal sino frente a la casa de su novia.

Habían pasado algo más de veinticuatro horas, para Kilian, una eternidad. Se encontraba prisionero, encerrado en su motor, sin poder hacerse con el volante, sin capacidad para el derrape o el doble cambio de marchas. No tenía más opción que seguir así, quieto, prisionero, soportando la manera tan conservadora de conducir de Silvia. Recordaba aquello de  no vuelvo a dejarte el coche en mi vida. Allí encerrado no tuvo más remedio que comerse sus palabras.

El barrio de Silvia no tenía demasiados problemas de aparcamiento. Había muchos niños, eso sí. A él no le gustaban los niños, tocaban el coche con las manos sucias y se sentaban en el capó. A las diez de la noche los niños ya estaban cenando o a punto de irse a la cama, pero quedaban pandillas por el barrio. Una de esas pandillas se acercó por curiosidad a ver aquel coche tan bien cuidado, tan lleno de extras que llamaba la atención.  Kilian se puso a la defensiva, eran capaces de tocarlo, de intentar abrirlo. Reunió unos cuantos voltios del regulador. El primero que se recostó, recibió más de diez voltios como primer aviso. Se separó asustado. 

–Tío, no os acerquéis a ese metalizado gris, que da calambre.

Probó el siguiente y Kilian, para darle una lección, aumentó el voltaje. No se atrevió ninguno más. Kilian durmió a la intemperie a cuarenta metros del dormitorio de Silvia.

El sábado a las ocho de la mañana vio que Silvia,  guapa y elegante, salía de su portal y se acercaba apuntándole a los ojos con el mando. Olió su cuerpo, el gel de ducha, la crema hidratante. Sus miembros de plástico y metal se excitaron con su presencia. ¡Qué delicia de atmósfera!

Antes de salir, Silvia había marcado en un mapa de la comarca los lugares que frecuentaban cuando iban solos o con los amigos. Kilian que había bajado el voltaje del regulador, notaba que, poco a poco, iba adquiriendo dominio del coche a través de los diferentes circuitos eléctricos. Su control iba en aumento. En cuanto la muchacha arrancó, el oculto amante desde su centro de control, apreció una ligera descompensación de las ruedas traseras. Ella no notaba tal descompensación, bastante preocupada iba, después de haber conseguido a regañadientes un permiso del jefe en sábado de rebajas. La velocidad a la que conducía era exasperante  para el joven metamorfoseado. No tenía más remedio que aceptar  los suaves cambios de marchas  en consonancia con el registro de las revoluciones. En  carretera observaba rigurosamente el límite de  velocidad marcado en las señales. ¡A menos de cincuenta en una población!, ¡Qué asco de velocidad! Se desesperaba el  conductor conducido. Sufría lo indecible al comprobar que todos los coches adelantaban a  Aguilucho. ¿Por qué derrapas y tomas tan deprisa esa curva?, le preguntaba ella cuando rechinaban los neumáticos. ¿Qué necesidad hay de pasar tan deprisa por zona poblada? Puede salir un niño en cualquier momento. Los niños no tienen que salir a la carretera. Que los vigilen las  madres. 

En el trayecto consiguió Kilian tomar parte del control del vehículo. Ella, extrañada, levantó el pie del acelerador  y comprobó con preocupación que la aguja subía hasta 110 kilómetros por hora cuando la señal de carretera indicaba no superar los 80. Apretó el pedal del freno, Kilian no quiso abusar de su ventaja y aceptó la tortura. Ella sabía dónde hallaron  los guardias el coche abandonado. Tomó las curvas con dominio y velocidad moderada y aparcó más o menos donde lo habían encontrado. Apagó el motor. Intentó salir. Las puertas se bloquearon.  Volvió a poner el coche en marcha, quiso salir, no podía. Desconectó de nuevo. Las puertas seguían bloqueadas. Para abrir por fuera, quiso bajar las lunas. Las lunas no obedecían al mando. Mierda, oyó Kilian. Sólo le había oído esa palabra la tarde del portazo.  Kilian pretendía que saliera por detrás. Quería que ella se deslizara por la tapicería, su nueva piel, que rozara la tela de los asientos posteriores con sus manos, sus rodillas, sus muslos, todo su cuerpo. Las puertas traseras también estaban bloqueadas.

–Mierda, mierda, mierda. Mierda de coche y mierda de amo del coche.

A  Kilian esos insultos no le ofendían. Silvia, enfadada, agarró  la manilla de la puerta y forcejeó hasta que se hizo daño en los dedos. El amante invisible no quería que sus manos sufrieran y la puerta trasera se abrió como por arte de magia. Se colocó la falda, que, en la lucha contra las puertas, se le había subido hasta la cintura, se pasó el peine por la melena y, a continuación, dirigió al coche una mirada de rabia y hartazgo.

El Pinar de las Monjas estaba solitario todavía. Subiendo se cruzó con un hombre y una chica que paseaban al perro. Intentó encontrar los dibujitos de las zapatillas de deporte que calzaba el día maldito, alguna colilla del tabaco rubio que fumaba. En el coche estaba prohibido fumar. Decía que el humo molestaba a Aguilucho. Miraba la tierra del parque, asquerosos los rastros que había dejado la presencia humana, latas de bebidas que Kilian no consumía, hojas arrugadas de  periódicos que Kilian no leía, mondas de naranja que él nunca comía si no se las pelaba su madre, pañuelitos arrugados y sucios, cagadas de animales. Se le revolvía el estómago.  ¿Merecía la pena seguir?  No se imaginaba a Kilian paseando solo por  aquel pinar. Decepcionada volvió a la carretera.  Con el mando abrió la puerta sin novedad.  Se sentó al volante. ¿Dónde podía estar?  Se pasó las manos por la cara. No quería llorar, llorar significaba creer en un desenlace no deseado. Todavía la rabia sujetaba a la tristeza.  Estaba harta de él y de su coche. En cuanto apareciera, le plantearía, fría y rápida, la situación: El coche o yo.

Sabía que en el trabajo la esperaban con impaciencia. Había pedido tres horas. Dudaba entre volver al gran comercio o seguir buscándolo. ¿Dónde? Ni en casa, ni  el banco tenían la menor idea. ¿Podía estar escondido en el maletero? ¿Cómo no lo había pensado antes?  Herramientas, triángulo y  carpetas. Cerró de golpe y sonó varias veces el claxon.  ¿Qué había hecho Kilian con su coche?  El bloqueo de las puertas era extraño, nunca le había sucedido nada parecido. Desde que salió de su casa había notado que a veces no controlaba la velocidad, ahora sonaba el claxon al cerrar el maletero. Pensó que sería buena idea pasar por algún taller.

 Decidió volver al trabajo y dejar el coche en el parking de Kilian para que el vigilante, que entendía de mecánica, le diera una ojeada. No se atrevía a llevarlo al taller autorizado, lo desmontarían de arriba abajo.

En el trayecto de vuelta hablaba sola recordando las eternas discusiones desde la hora  en que él se compró el coche. ¿Qué necesidad tenemos de correr tanto? ¿Que vamos a ganar, Kilian? Dos minutos. ¿Para qué? Sabía de memoria sus respuestas. El coche me lo está pidiendo. ¿No lo notas?  ¿Cómo quieres ir a 30 por esta calle, mujer, con este poderoso Aguilucho? Puede salir un viejo, un niño…Siempre con lo mismo. ¿Para qué están los reflejos?  Los niños, en su casa que los cuide su madre. Pareces otro, nunca te había oído hablar así. El coche hay que saberlo tratar. Es como una persona. Casi atropellas a ese ciclista. Es una persona, Kilian. Los ciclistas son el fracaso de la rueda.

Explicó al vigilante lo que le había sucedido en el Pinar con las puertas y el claxon. Tobías se frotó las manos de contento. ¡Menuda ocasión! Nunca había podido tocarlo. Kilian que había escuchado atentamente el parte de averías, estaba furioso. Este indocumentado me pondrá encima sus manos torpes y a saber qué tocará. Pues se va a enterar.

En cuento la muchacha desapareció por la escalera le faltó tiempo a Tobías para ponerse  a hurgar en  el motor. Además tenía ganas de darse una vueltecita por el barrio. Acababan de autorizarle. Manos a la obra, oyó decir Filian. No sabes lo que te espera, desdichado.  Al tocar la puerta, sintió  una desagradable sacudida. Eran más de dieciocho voltios. Volvió con un trapo seco, abrió de nuevo, levantó la tapa del motor y, con los brazos en jarras, miró desafiante cables y conexiones. Aparentemente todo estaba en orden. Ningún mal contacto, ni restos de líquido alguno. Cerró el capó, se metió en el coche y lo puso en marcha. Iba a dar la ansiada vueltecita. No pudo ser. A pesar de tener completamente anulado el freno de aparcamiento, el coche no rodaba como debía, como si las ruedas estuvieran agarrotadas. Aún le esperaba otro castigo. La puerta quedó bloqueada. Lo mismo, recordó, que le había sucedido a la muchacha. No quiso forzar las manecillas. Desconectó, volvió a conectar. Las lunetas de las puertas no bajaban, no podía sacar la mano para abrir desde fuera. Miro en la guantera a ver si encontraba un simple destornillador. Solo  papeles, las herramientas del coche debían de estar en la parte de detrás y era imposible alcanzarlas sin romper o desmontar la bandeja posterior.

–Dígame.

Ascensión dejó sobre la mesa el mango que estaba pelándole a Tiburcio

–Aquí Tobías, el vigilante del parking. ¿Está su marido? Que no puedo salir.

– ¿Dónde está usted?

–En el coche de su hijo, encerrado. 

–Y ¿Kilian?

–No, no sé nada. Bajen a abrirme, por favor.

–Raimundo, es Tobías, el del parkin. Que está encerrado en el coche de tu hijo, que se han bloqueado las puertas y que no puede salir. Del niño no saben nada. ¿Dónde se nos habrá metido este chico?

–Que bajo enseguida.

–Mamá, mamá.

–Calla, Tiburcio. No es el, criatura. ¡Cómo lo quiere! Hay que ver los animales.

Cuando Kilian vio aparecer a su padre con el eterno pijama azul, quiso darle la bienvenida. En su encierro había reflexionado mucho sobre su padre. Había descubierto un padre cercano,  un hombre nuevo, un hombre con sentido común. Y para celebrar su presencia y saludarlo como se merecía encendió simultáneamente los cuatro intermitentes, también el herido. Luego cambió de iluminación, brillaron las  halógenas, las amarillas, las rojas. El coche en medio del parking  parecía un carromato de feria. Raimundo abrió con toda normalidad.

–Yo no he podido abrir. Se bloqueó, señor Raimundo.

–Pues menos mal que tenías el móvil, que si no, duermes en el coche.

–Cosa extraña eso del bloqueo. Le ha pasado lo mismo a su novia. Es como si  tuviera alma este coche.

– Tanto tocarlo, tanto tocarlo y  ya está hecho una pena y lo compró hace cuatro días. ¿Has visto las luces? Parecía una verbena.  

Kilian se quedó solo. Se imagino el día y la noche que le esperaban. Solo, en la plaza 118. Le deprimía el escenario, una nave llena de coches, algunos  enfermos, otros, viejos. El sueño era el mejor refugio. Era difícil dormir a media mañana. Comenzó a memorizar las matrículas que tenía a su alcance, las fue repitiendo sin mirar, letras, números, una y otra vez, hasta que logró quedarse dormido.

Silvia  se presentó en su casa al acabar el turno de mañana. Quería  acompañarles a la comisaría por el asunto de la desaparición.  Mientras se cambiaban, entró al cuarto de su novio a dar una ojeada.  Mirando por encima no vio nada que le llamara especialmente su atención. En las estanterías estaban alineadas las reproducciones de los diferentes modelos, ordenados por marcas y antigüedad. Los de los años veinte, el modelo rojo de la Ford, una rubia, furgoneta en miniatura de la Hispano Suiza, una reproducción exacta de un Buick de seis cilindros de 1927  y otros caprichos que había ido coleccionando. Debidamente encuadernadas, estaban todas las revistas del motor a las que estaba suscrito. Normal, en un obseso de los coches. Finalmente encontró una caja de comprimidos escondida entre la ropa interior. Diazepan. Faltaban tres cápsulas. Leyó el prospecto. Avisaba sobre el peligro de conducir máquinas bajo los efectos del medicamento.

Camino de la comisaría  fue comentando a sus padres los cambios que había observado últimamente. No parecía el mismo.

–Fue un cambio total, inexplicable, Ascensión. Cuando veía una matrícula nueva, se le llenaban los ojos de luz: Mira, sangra, esa matrícula, sangra. Aquello de la sangre referido a los coches nuevos me ponía negra. 

– ¿Sangra? ¿Por qué lo decía?

–Porque se imaginaba que era como un recién nacido. Ya me dirá…

Sabia perfectamente qué serie se matriculaba cada semana, los modelos que estaban pendientes de algún trámite para comenzar su fabricación, las nuevas licencias a la importación, los impuestos a la exportación. Ya no  hablaba más que del coche. Se había acabado hablar del piso o de  vivir juntos.

–Yo siempre le aconsejé uno de segunda mano, por lo de ahorrar para meternos en un piso.

–Más o menos lo mismo le dije yo. Que para qué se iba a gastar un dineral que no tenía, que todos los coches son iguales, que todos tienen ruedas y  corren. Cuando le dije que todos los coches son iguales, tenías que haberlo visto. ¡Qué te lo has creído! Eso me gritó. Mi propio hijo, como loco, en mi propia cara con un  puño levantado.

–Es que no tienes razón, Raimundo. Ni todos los coches son iguales ni todos los conductores son iguales. Tu hijo es un experto y entiende de coches.

La denuncia en comisaría les produjo más tristeza y desasosiego. Testificaron que su hijo no tenía aficiones peligrosas, ni contactos con elementos extraños. Trabajaba en un Banco, con personas normales y honradas. Nada de droga, ni de política, ni de  mujeres. 

– ¿Seguro que no tuvo nunca contactos con grupos marginales, asociales  o de extrema izquierda?

– ¿Mi hijo en política? Que lo diga éste. Sólo vive para el trabajo y eso sí, le gustan los coches, pero vaya, eso no es ningún delito.

–El coche era su única política, señor inspector–  pontificó Raimundo.

Y su única mujer, podría haber añadido Silvia. Si le hubieran interrogado tenía la respuesta a flor de labios. El maldito Aguilucho era  su política, era su mujer, su amante, su hijo, su vida entera. Desde que se compró el coche, sus  niveles de libido habían descendido a cero.

Acabados los trámites de la denuncia, salieron a la calle. Era muy tarde para volver al trabajo. La madre se secaba las lágrimas con un pañuelito mientras el padre para consolarla, insistía en que todo era cuestión de horas.

–Horas, horas, Raimundo. Dos días, casi dos días. Y  el niño sin aparecer.

–Ya sabes que tiene amigos en el sur de Francia. A lo mejor le ha dado por irse unos días y no se ha acordado de telefonear. Tu hijo no es pendenciero, no tiene malas amistades. Aparecerá, mujer. El coche está intacto.

–Este hijo mío desaparece y nosotros sin saber nada. Al menos le podía haber dicho algo a esta criatura.

El padre propuso la conveniencia de buscar un detective privado, el interrogatorio con la policía le había decepcionado.

–Éstos, con esa cachaza, no van a encontrar a mi hijo.

Silvia volvió al trabajo a media tarde sin comer mientras  rumiaba el nuevo punto oscuro que acababa de aparecer. Francia. Francia. Todo cada vez más misterioso,  las cosquillas entre las piernas, el pellizco, el bloqueo arbitrario de puertas, el juego de luces que le comentó su padre. El coche andaba raro, la mano de Kilian estaba detrás de aquel desaguisado.  Francia. Tampoco sabía nada de estos viajes. Silvia seguía caminando hacia su trabajo y conectaba con una extraña onda que le iba dando cierta luz y alguna tranquilidad.

“Y te metes el coche donde te quepa”  

Llegó rendida y hambrienta a casa, después de la pesada jornada del sábado. Su padre le dijo que habían preguntado varias veces por ella. Silvia ya lo sabía, había desconectado el móvil y comprobado la cantidad de veces que Ascensión había intentado hablar con ella. La llamó. Ascensión lloraba de nuevo. Ahora era  Tiburcio la causa de su llanto. Se había escapado el loro, mientras estuvieron en la comisaría. Se encontraron abierta la puerta de la jaula.

–No sabes cómo lo quería. Tiburcio le reconocía cuando llegaba. Mamá, mamá decía, en cuanto pisaba el recibidor.

–A lo mejor vuelve solo, Ascensión. Ya sabe cómo son los animales.

–Adivinaba si era él cuando llamaban a la puerta o por teléfono. Inteligente que era el animal.

-No llore, mujer. Mañana que es domingo, damos una vueltecita por el barrio. A ver si lo encontramos.

Cuando dejó algo más tranquila a la madre, Silvia pensó si detrás de aquella huída del loro no estaría también la mano larga de Kilian. El muchacho, por su parte,  se iba haciendo experto en el manejo  de la radio, el  GPS  y su móvil. Se quedó dormido otra vez de aburrimiento. Volvía a soñar. Esta  vez conducía un autobús. Los viajeros eran los compañeros de infancia, Pedrito y Julianín. Viajaba, además, en el autobús una muchacha rubia, muy guapa. De reojo la miraba mientras rodaba por un camino muy estrecho; ella le sonreía. Estaban solos ahora, nadie más que la chica y Kilian en el autobús. Se acercó a ella  para acariciarle la cara. Le sonreía, pero no podía tocarla. Todo era mentira. Cuando acercaba la mano, sólo tocaba el cristal de una televisión. Ella dentro de la tele seguía sonriendo. Kilian se despertó desasosegado. Sabía que ya no  dormiría. El reloj marcaba las 03.15. 21 am. Le quedaba todavía mucha noche. Se lo tomó con resignación y comenzó a hacer inventario de todos sus logros desde que vivía aquella nueva vida mitad humana, mitad mecánica. Le esperaba un largo y tedioso fin de semana, aparcado, sin visitas, como un  viejo, nadie se acordaría de él.  El no tenía por qué estar allí junto a coches mudos, viejos y maltratados. Comenzó a probar las escobillas del parabrisas.  Tiraba agua sobre el cristal, lo limpiaba, después más deprisa, intentaba dejar quieto uno de los dos limpiaparabrisas mientras hacía girar el otro, se le agarrotaban los dedos. Volvió a intentarlo y  lo consiguió. Estaba  luchando contra unos circuitos programados por el fabricante. Conseguía elevar a la vez las lunas de las cuatro puertas, variaba de ejercicio, las dos de la derecha y  después las hacía bajar a distinta velocidad. Le dolían las manos al acabar el ejercicio. Descansó de ejercicio físico y pasó a cálculo mental, con ayuda del miniordenador del coche. Consumos. El manual dice que en carretera, a 90 gasto cuatro y medio. Este manual está tonto. ¿Quién va a noventa por carretera con un motor que llega a 240?  Dos mil novecientos siete kilómetros en mes y medio. Muy poco. Consumos: 203,48 litros. A ojo es mucho. Hombre, claro, me salen casi  7 litros a los cien. ¡Qué barbaridad! Claro, en ciudad y además por la autopista, cuando nos ponemos a 180,  traga.

Se debió de quedar dormido poco antes de las ocho, precisamente cuando Silvia se levantaba y se arreglaba para ir a casa de los padres. El niño, el coche y ahora, el loro. Tenia el presentimiento de que, entre sus trastos, podría encontrar  una pista a su extraña desaparición. Después de saludarles, se fue directa al cuarto de Kilian, cerró la puerta. Mientras Ascensión fregaba los cacharros del desayuno y Raimundo se pasaba la navaja por la barba, ella se puso a remover armarios, cajones, cartones. Fotos, notas, apuntes, revistas. Los rescoldos del amor alimentaban su teoría, Kilian no estaba lejos. Por eso les pidió que la dejaran quedarse mientras ellos salían a la calle a buscar a Tiburcio.

Cogidos de la mano, preguntaban en las fruterías y panaderías si alguien había visto un loro grande o había oído su parloteo. Un loro verde, precioso que se llama Tiburcio  y dice: Mamá, mamá en cuanto se abre la puerta de la calle.

Silvia, ya sola en el piso,  no quiso eliminar absolutamente nada de antemano, ni lo más absurdo. Para comenzar, levantó la ropa de su cama, se agachó hasta tocar  el suelo con la frente para mirar debajo de la cama. No faltaba más que se hubiera escondido allí para gastarles una broma infantil. Sólo vio sus zapatillas de paño, varios pañuelos de papel  arrugados y un poco de pelusa. Podía haber sido  tan limpio en su habitación como con su coche. A continuación pasó revista  a los armarios, subió a un taburete para mirar en los altillos. Era absurdo imaginarlo allí arriba, encogido,  como un feto. No quiso descartar nada, bastante absurda había sido su desaparición. Siguió con las revistas de motor. Era importante encontrar información sobre los nuevos rincones de su vida, las noches fuera de casa. Pacientemente iba pasando hojas aburridas llenas de fotos con coches tan  despampanantes como la modelo de turno. Le llamaron la atención algunos subrayados con lápiz transparente de color verde.

 “...y nuestro enemigo, el que en un futuro nos puede hacer daño, no es el peatón, ni tampoco el camionero, como algunos palominos creen. Nuestro enemigo es el ciclista. Apenas va a veinte por hora, pide un espacio y se lo dan, quitándoselo al coche. Intentan vendernos la idea de que el mejor motor son las piernas. Valiente insensatez. Un motor que no es de gasolina  o  diesel, no es un motor, es una  pejiguera, y además, un peligro. Que no nos vengan con pamplinas.  Donde ruede suave un coche bien acabado, que se aparten las bicicletas de carreras, las de paseo,  las  de montaña y las bicicletas de niño.”

Siguió curioseando. Kilian leía revistas,  se detenía en los subrayados. Eso también era algo nuevo. Nunca le había visto con un periódico en la mano y menos todavía una novela.

El coche hoy día es una exigencia social, no sólo signo del progreso. Es el mejor  compañero del hombre, compañero y amigo, como el caballo lo fue de nuestros abuelos. Lo cuidaban, lo querían, lo acariciaban. ¿Os acordáis del hombre aquel que susurraba a los caballos? Conocía a su caballo y su caballo le conocía a él. Aquella gente buscaba para su caballo los mejores forrajes. Lo abrigaban en invierno, lo cuidaban en todo tiempo con esmero, como uno más de la familia. Así debemos cuidar  nosotros de nuestro vehículo. Contra este gran invento se levantan hoy  voces  nostálgicas y apocalípticas, ecologistas  de pacotilla que quieren convertir la ciudad en una prisión para el coche, en un bosque de prohibiciones. Que bajen ellos, como hormiguitas, a los oscuros subterráneos, que suban a autobuses reventones llenos de sobacos apestosos y nos  dejen gozar del espacio urbano, de la música que brota de nuestros motores, de la libertad de fijar nuestra ruta, de sentirnos siempre en casa dentro del coche que hemos tenido la suerte de elegir como compañero de viaje.

Siguió hojeando, sentada en aquella cama que conocía de algunos domingos sin los padres, tiempo atrás. Todos los subrayados le iban confirmando en sus sospechas. El coche nuevo lo había trastornado.  Se había convertido en su compañero, lo acariciaba, lo mimaba como al perro de la familia.  Entendía por qué tuvo que recordarle muchas veces las normas sobre distancias en los adelantamientos a ciclistas. Pasaba muy cerca de ellos, como si pretendiera derribarlos con el aire. En varias ocasiones tuvo que oír  insultos y amenazas. Llegaron los padres. Del loro, nadie sabía nada. 

–Tampoco yo he encontrado nada importante en su cuarto. Revistas de coches y nada más.

–Quédate a comer con nosotros, hija, así nos haces compañía.

–No, gracias. Tengo  lavadoras, cosas pendientes en casa. Mi padre.

–Ni hablar del peluquín, Silvia. Hice anoche un conejo, que te vas a chupar los dedos. A Kilian le gusta mucho. Seguro que te gustará.  Yo le pongo una ramita de tomillo que le quita el gusto fuerte y le da aroma.

–El cesto de la ropa tendría que verlo, Ascensión, la plancha. Tengo abandonado a mi padre…

–Anda, mujer. Hazlo por mí. Llama a tu padre. Hasta Tiburcio  nos ha abandonado…

Decidió quedarse a probar el conejo con salsa de tomate y aroma de tomillo. La necesitaban. Así aprovecharía  para seguir buscando en sus papeles

–Y mañana,  cuando salgas de trabajar, haznos ese favor. Quiero que nos acompañes a ver a un detective. Ya está apalabrada la visita.

–Lo siento, ya se lo he dicho, para eso no cuenten conmigo. Además ya he pedido estos días muchos permisos. Lo de Kilian no creo que sea cosa de detectives. Kilian volverá. Lo presiento.

–Tú sabes más cosas. ¿Por qué no quieres venir con nosotros a ver al detective?

–Ustedes ya han hecho la denuncia, Ascensión. Ahora le toca trabajar a la policía. Y a mí.  

Mientras comían conejo en salsa de tomate con aroma de tomillo Kilian sufría una pesadilla más.  Silvia, sin saberlo, lo rescató de la pesadilla. Intentó abrir pero no podía. Las puertas volvían a estar bloqueadas. Miraba las ruedas, los faros, las lunas, la carrocería, el intermitente roto, la causa de todos los males. ¡Cómo puede ser tan miserable el ser humano! ¡La que montó por un trozo de plástico rojo! Comenzó a bambolear el coche. Pretendía que se disparara  la alarma.  Kilian  controló el dispositivo. La alarma no se disparó. Nunca había tenido curiosidad por conocer el estado de los amortiguadores, pero siguió moviendo el coche de arriba abajo, aumentando cada vez el bamboleo. Lástima que no entiendas de suspensión, pensaba  Kilian.  Los muelles, el líquido, todo estaba en perfecto estado, ni una mínima fuga, ni un retraso en la subida del líquido. Tampoco notaba ella el cambio de los neumáticos originales por otros deportivos. No se lo había dicho porque la broma le había costado casi 1.500 euros.  ¿Lo había descubierto? ¿Qué pretendía? ¿Marearlo?  No pensaba disparar la alarma por mucho que ella siguiera  balanceándolo. Los niveles subían y bajaban, le estaba invadiendo una sensación extraña. Silvia intentó abrir de nuevo, las puertas esta vez obedecieron. Se sentó donde el copiloto con desconfianza. Revolvió la guantera, leyó los papeles, el seguro, documentación del vehiculo, el manual de prestaciones y los guantes. Los guantes. Silvia se enfundo los guantes, le quedaban perfectos, su mano era grande, como la de Kilian que en aquel momento soportaba con gusto el cuerpo de su novia. Mientras ella meditaba en el intermitente rojo, el portazo y sus consecuencias, sentía  como si le dieran un masaje desde la nuca hasta el final de la espalda. Se cambio al asiento del conductor con tan mala suerte que se le quedó enganchado el pantalón con el cinturón de seguridad. Se pasó la mano por debajo de la pierna. Salió del vehiculo para comprobarlo. Tenía descosido un buen trozo de costura. Mala suerte. Así no podía salir a la calle.

–Cuando aparezcas te vas a enterar de lo que vale un peine, trasnochador clandestino, mira el descosido en el pantalón nuevo. Tu maldito coche. No quería llevármelo, pero así, con medio culo al aire, no me puedo ir a casa.

Volvió a meterse temiendo otro bloqueo de puertas. Al poner la primera velocidad, el coche se fue hacia atrás, intentó frenar, cuando estaba a punto de chocar  contra la pared,  frenó suavemente quedando sólo a centímetros de la pared.

–Escucha, desgraciado. ¿Me oyes, Kilian? Sé que me estás oyendo. Quiero salir y dejarte al lado de mi casa. Me has roto el pantalón por el culo. No voy a andar así a la calle.

Intentó de nuevo conducir hasta la salida, se le calaba. Las marchas iban al revés. Los faros azules se encendían y apagaban sin ton ni son. Perdió la paciencia.

– ¿Verdad que todo esto es obra tuya? Pues mira con qué cariño trato yo a tu Aguilucho.

Salió del coche y cerró con un portazo de solemnidad.

– Te metes tu coche donde te quepa, tirano de mierda. 

El claxon contestó con tres largos bocinazos como respuesta a la maldición de la muchacha.

Se arregló el pantalón con un imperdible y se estiró la chaqueta. La cosa quedó más o menos disimulada.  Salió del parkin y se fue a su casa.

El lunes por la mañana esperaron en vano en el portal del detective la llegada de Silvia. El padre se quejaba de que con los organismos y funcionarios oficiales  no se podía ir a ninguna parte. Estaba convencido de que, después de la denuncia, todavía no habían movido un dedo por localizar a su hijo. Ellos, por descontado, no habían recibido información alguna ni nadie había llamado para nada. Pagando podremos saber algo más, le dijo al detective. El detective les habló con claridad. Tal como le planteaban el caso, no parecía nada fácil. Y con toda profesionalidad se lo hizo saber.

–Si en esta semana no descubro nada, abandono el asunto y no les cobro más que mis desplazamientos. El  tema, se lo digo sinceramente, no me gusta nada. Voy a girar una detenida visita a los lugares más frecuentados por su hijo, después recabaré información de Tráfico, multas, puntos, etcétera. Hoy mismo iré al banco, quiero hablar también con su novia y, por supuesto, quiero ver el coche.

El detective la telefoneó. Silvia llevaba el teléfono en  vibración en espera de la llamada que no llegaba. Kilian debía de andar por ahí, el condenado no llamaba.

–Sólo puedo de una a una y media. Después tengo que comer y volver al trabajo.

Cuando llegaron los dos a la agencia bancaria les faltó tiempo a los empleados para poner al detective de patitas en la calle. Órdenes de arriba, le dijeron. Hay mucho espionaje industrial y bancario, lo sentimos, créame. Sólo aceptó el jefe que, como  persona de confianza, Silvia revisara los cajones de Kilian, dado el sesgo tan delicado que habían tomado los acontecimientos, en palabras del gerente.

La impresionó el clima de tristeza no fingida que se respiraba en la oficina. Todos se hacían la misma pregunta: Cómo podía haber dejado plantada a su novia, a su familia y al banco y sobre todo a su coche. Era una persona formal y cariñosa. Un accidente de tráfico estaba descartado,  el coche estaba intacto. El gerente la invitó a pasar a su despacho.  En su presunción masculina  alimentaba el deseo tan  lúbrico como improbable de que la muchacha, destrozada por la hipótesis verosímil que le iba a proponer, cayera desfallecida en sus brazos. Muy en su puesto, se deshizo en alabanzas a su subordinado. Kilian había sido siempre un empleado ejemplar. No obstante, nada debía descartarse. Era duro, pero se abría una posibilidad nada remota. El suicidio.

–No, no. ¡Qué va! Ni hablar. Mi novio no se suicida.

–Me alegraría ser tan optimista como usted, señorita, pero hay  sucesos que no tienen otra explicación. Una personalidad detallista, obsesiva…la psicología nos enseña.

– ¿Tiene usted otros indicios?

– ¿Qué explicación podemos dar a un coche abandonado lejos de la ciudad, al lado de un puente? El coche de un verdadero enamorado del automóvil. Yo no creo en un atraco ni en un secuestro, como alguno de sus compañeros ha apuntado. Desgraciadamente sólo me queda esta triste hipótesis. Ojala me equivoque.

–Sí, sí, se equivoca de medio a medio. Es una hipótesis sin pies no cabeza. Dejemos el tema.

El gerente sentado en su sillón de falso cuero negro veía como su hipótesis se diluía como un cubito de hielo en plena canícula y la muchacha no pedía un ápice su compostura.

–Necesitaría saber algunos datos. Si recibe llamadas de fuera, por ejemplo.  Llamadas, digamos,  extrañas…

–Llamadas extrañas aquí, no, vaya, no lo sé. Yo tengo mucha confianza en mis empleados y no acostumbro a controlarles el teléfono, ni internet. Sé que a veces entran en la red por cuestiones privadas. Hago la vista gorda. Yo también entro. ¿Para qué mentir? Que los coches le volvían loco no es ningún secreto. Era el  hombre con más datos  actualizados sobre este tema de toda la plantilla. ¿Qué digo de la plantilla? De toda la entidad.  Hasta de dirección le llamaban para consultarle cuando algún ejecutivo quería cambiarse el coche.

Otro, con el “era” en la boca. Sentía las miradas del gerente saltando de las piernas al cuello, del cuello al pecho y del pecho a las caderas sin decidirse a dar el salto mortal. 

– ¿Puedo ver su mesa de trabajo?

–Si es su deseo… Yo nunca lo haho. Tengo mucho respeto por la vida privada de mis empleados.

Con el permiso del jefe se sentó en el sillón que su novio utilizaba para trabajar y comenzó a abrir los cajones. El jefe se colocó inmediatamente detrás de ella. Era otra perspectiva.

En la mesa de madera cubierta por un cristal grueso y con tres cajones a cada lado todo aparecía en orden.  Kilian disponía los documentos de la empresa en los tres de la derecha. Abrió luego los de la izquierda, donde guardaba sus papeles personales. Debajo de las fotos del Playboy, en el último cajón, encontró unas hojas  con unas direcciones electrónicas.

– ¿Puedo fotocopiar estas direcciones?

–Lo siento mucho, sin su permiso no puedo yo autorizarla.

– ¿No dice que se ha suicidado? ¿Quién le va a dar el permiso?

–Tiene usted razón. Digamos que por respeto no le autorizo a fotocopiarlas.

Intentó memorizar algunas. En otro cajón había más documentos del coche, gasolineras baratas, trucos para consumir menos combustible, web de compra de puntos, encuestas sobre preferencias de marcas y un sobre, facturas, escrito a bolígrafo. Volvió a levantar los Playboys y comprobó que había memorizado correctamente dos direcciones electrónicas. Siguió hurgando, levantando papeles, hojeando revistas. Encontró direcciones de blogs de forofos del motor. En el primer cajón, entre papeles de periódico había un mapa de carreteras de Francia. Sorprendente. El decía que no le gustaba salir al extranjero pero aquel mapa le recordó las palabras de Raimundo. Lo desplegó  sobre la mesa. El jefe se acercó casi hasta rozarla. Silvia se puso al otro lado de la mesa y dio la vuelta al mapa. Era un mapa de carreteras muy detallado. El nombre de un pueblo del sur aparecía rodeado con un círculo rojo. Millau. ¿Qué pasaba en ese pueblo? ¿Era el motivo de sus viajes a Francia?

Salió de la Oficina convencida de que encontrar a Kilian era cuestión de horas. Lo presentía. Mientras se acercaba al coche del detective, iba hablando sola. Tengo ganas de encontrarte y hacerte unas cuantas preguntas. Porque te encontraré, te encontraré  yo, no la policía, ni este  hábil Poirot  que me espera dentro de su coche, a quien no voy a dar la oportunidad de leer lo que pone en el sobre. ¿Para qué quiero yo un detective? Todo ha comenzado como una  discusión de novios, en definitiva, lo de siempre, celos, malos entendidos y, como siempre,  estas cuestiones de amor las hemos de resolver entre tú y yo.

A suficiente distancia del detective rasgó el sobre del banco. Escrito con cortesía y también con mucha claridad se le apercibía de que si no presentarse en la oficina durante la semana en curso, le enviarían a casa la carta de despido con el finiquito. ¡Qué ternura se gastaban los del banco! Miró su reloj,  se le hacía tarde para entrar al trabajo. Envió un SMS a su jefe. Asunto urgente, Llegaré dentro de dos horas. Lo siento. Le explicaré. Cerró los ojos.

–Quiere examinar el vehículo, pues vamos allá.

En el parking abrieron el coche sin dificultad. Todo normal, ni juegos de luces ni trampas ni bloqueo de puertas. El detective hurgo todo lo que quiso.

–Ya ve, el coche está intacto, ni un rasguño. Sólo el plástico del intermitente.

– ¿Le ha dado miedo alguna vez ir en el coche con su novio? Me refiero a si conduce de manera temeraria.

– No señor. Conduciendo es muy cuidadoso con las normas.

– ¿Muy cuidadoso? ¿Usted acompaña en coche a su novio?

–Claro que sí. Desde hace cuatro años.

–Sabía usted que se ha quedado dos veces sin carnet.

–No, señor. No es posible.

–Sólo le quedan dos puntos del tercero. No sé qué chanchulos practica, pero es un experto en la compra de puntos.

–Kilian conduce con seguridad y respeta las normas de tráfico y no le han quitado un solo punto, que yo sepa.

Poirot no había perdido el tiempo. ¿De dónde había sacado tanta información? ¿Le habían dejado los padres hurgar en su ordenador?

–Ha perdido puntos por exceso de velocidad,  por poner en peligro a los ciclistas, parece que es una obsesión, por conducir por zonas peatonales.

–Pues sabe usted más que yo.

–Además este cuentakilómetros está trucado. ¿Sabe cuántos kilómetros tiene en solo dos meses, sin contar los que ha podido ocultar?

–Salimos mucho, yo también lo utilizo  a veces.

–Mire aquí, más de cinco mil  kilómetros.

–Natural. Viajamos mucho por España y también a Francia.

–Claro, y hacen apuestas para atravesar el puente más alto de Europa y volver de madrugada.

–No sé de qué me está hablando.

Silvia notaba un  masaje agradable en las piernas mientras justificaba viajes urgentes  a Francia de los que no sabía nada, mientras callaba la mentira descubierta en su cajón  porque en el sobre estaba bien claro que lo había pagado al contado con un crédito que le concedió la empresa, mientras  se enteraba de que lo habían multado por no guardar la distancia con los ciclistas y callaba varias multas por exceso de velocidad. Algunas noches  no dormía en casa, según Raimundo. ¿Dormía? Faltaban tres comprimidos en la caja de pastillas de Diazepan 

Al salir  del vehículo el detective tropezó con el cinturón de seguridad y  tuvo tiempo de poner las manos en el suelo para no darse un golpe en la cabeza.

–Es como si me hubieran puesto la zancadilla.

–Pues, sí. Una caída bien tonta.

En la puerta del parking se despidieron. El detective a seguir investigando, Silvia, convencida de que tenia todos los triunfos en la mano, a sacarlo de donde estuviera escondido. Algo le impulsaba a salir de la ciudad, dejar lejos, por un día, su puesto de trabajo, su casa, la de los padres de Kilian. Eso era lo que deseaba, lo que parecía pedirle Kilian, lo que le pedía el coche. En lunes la venta es más bien floja, la planta de señora y niña podía aguantar con dos vendedoras. ¿A dónde ir? Adonde el coche la llevara. Silvia introdujo la llave en el contacto y el coche arranco solo. Subió la estrecha rampa y se detuvo ante un semáforo en rojo sin que ella pisara el freno.  Kilian actuaba, estaba bien claro. Cambió el semáforo de color.

– ¡Kilian, Venga, tira,  que  ya está verde.

El coche se puso en marcha, tomo la dirección del Pinar de las Monjas, Silvia no tocaba los mandos ni los pedales, rodaba  en un coche inteligente.

–De lo que me voy enterando, amiguito. ¿Tú eres el buen conductor? Pues te van a retirar definitivamente el carnet. Tus multas, tu compra de puntos, tus carreras nocturnas a 180 hasta el viaducto de Millau, tu doble vida…

En el siguiente semáforo seguía hablando sola, nadie se extrañó,  ni los escasos peatones que cruzaban por el paso de cebra ni un conductor de furgoneta que también hablaba solo con su móvil, ni  el motorista de la izquierda cuyo tubo de escape  superaba con creces los decibelios permitidos. Como el coche iba solo se dedicó a observar el paisaje urbano, la irregular línea de los edificios, las fachadas históricas. Los plátanos de la izquierda  juntaban sus ramas con los del otro lado. Un pájaro grande se posó en una rama delante de ella, un pájaro verde. Les tomaba la delantera, saltaba a la siguiente rama a lo largo de la carretera. El loro Tiburcio. Pasado el puente, junto al río, el coche se paró con un brusco frenazo a la entrada del camino de tierra. Como siempre llevaba abrochado el cinturón, eso le salvo de darse un golpe contra el volante.  Sobre el pretil del puente, el pájaro verde, el loro, Tiburcio.

–Mamá, mamá.

–Maldito pájaro.

No tenía nada a mano más que un viejo paraguas plegable. Erró en el tiro.

–Supongo que es tu última broma, Kilian. 

 

                                                           ***

El jefe de personal  entendió que  un desliz lo tiene cualquiera y que una multinacional debe ser, ante todo, moderna. No quiso entrar en detalles,  la trayectoria profesional de Silvia había sido impecable hasta el momento. Le extrañaba cómo pudo ocultar tan  discretamente las señales del embarazo.

A las pocas semanas se presentó en el pueblo de su madre con el niño. La tía Benita  le  leyó la cartilla nada más dejar la maleta en el escalón de la puerta. 

–Hijo de soltera y esa criaturita sin bautizar.  Ahora mismo vas a ver al cura. Si no, en mi casa no entras, ni tu ni el niño.

–Se llama Kilian, padre. Quiero bautizarlo.

El sacerdote puso mala cara. Hijo de padre desconocido. El lado bueno de la familia estaba representado solamente por la  tía Benita, piadosa feligresa, hermana de la madre y algo sorda. Al final Kilian fue bautizado como  Kilian-Raimundo.

Siempre que podía, dejaba al niño dormidito al cuidado de tía Benita y  se escapaba a la biblioteca del pueblo a consultar en Google  los “cuidados del recién nacido”  Como madre responsable, contrastaba esta información con la de la farmacéutica

Pasado el permiso de maternidad, no pudo solicitar  una prolongación del permiso porque el parto ni había sido múltiple ni  había habido larga hospitalización, ni había otras circunstancias que lo permitieran. No tenía más remedio que enfrentarse con su ciudad del toda la vida, con su trabajo, con Ascensión y Raimundo, con su padre y con las habladurías de los compañeros. Le preocupaba sobre todo lo qué pensarían los padres de Kilian.

En la empresa le concedieron reducción de jornada. Aceptó el traslado al almacén del sótano. Los compañeros y compañeras de trabajo hacían cabalas y apuestas. La mayoría opinaba que se había quedado embarazada del novio y que riñeron  porque él no quería niños. Otros y otras opinaban que se la veía muy echada palante, una mujer muy progre, que quiso tener un hijo sin padre. Algunas llegaron a comentar que el padre era un mecánico con el que se había acostado porque le prometió que manipularía los frenos del coche para que el novio se estrellara. Esta versión entraba en contradicción con el estado de la chapa, pero argumentaban que ese mismo mecánico volvió a dejarlo como nuevo.

Silvia en las naves del sótano, horario de tres a ocho de la tarde, vivía ajena a estas habladurías. De casa al trabajo, del trabajo a casa. No se atrevía a presentarse donde Ascensión con la criatura. Había cambiado de móvil para que no la localizaran.

                                                           ***

Los padres de Kilian vendieron finalmente el coche. En este caso el padre fue tajante. Aquel coche sólo había dado disgustos. Ascensión, en cambio, no quería desprenderse de él, el único recuerdo de su hijo, si exceptuamos el loro que  fue encontrado al fin. Les resultó inexplicable la desaparición de Silvia después de todo lo de Kilian. Ya no respondía al móvil, en la empresa les decían que ya no trabajaba el aquella planta. Pero a los seis meses pasó lo que pasa en una pequeña ciudad, que por unos por otros, no pueden guardarse los secretos. La madre  vino excitada del mercado.

–No te lo creerás, Raimundo.

–Hoy día ya me lo creo todo, después de la vuelta  del loro….

–Me han dicho que  han visto a Silvia en el CAP con un bebé. ¿Qué te parece?

–Imposible. Es una buena chica, será otra que se le parece. La gente, por hablar, no sabe ya qué decir.  

Con la mano metida en el bolsillo de la chaqueta de pijama contaba con los dedos y no le salían las cuentas.

–Será sietemesino o menos todavía.

–Tontorrón, ni sietemesino ni nada. Seguro que tenemos un nieto precioso. Y la muy vergonzosa, sin decirnos ni media. Callado se lo tenían los dos. Le habrá dado vergüenza, sin estar casados. Natural.

Hacían todo lo posible por localizarla. Raimundo llamó al banco. Ella tuvo en su día una cuenta indistinta con Kilian. El gerente se negó a darle el domicilio y demás con arreglo a la ley de protección de datos. En el cuarto de Kilian  tampoco encontraron datos de ella. Silvia, por su parte, llevaba mal tanto esconderse de los padres de Kilian, como si hubiera cometido un delito. Se decidió una tarde a llamarles por teléfono.

– ¡Qué alegría, hija! Dichosos los ojos!

Silvia quería darles la noticia gradualmente. No es frecuente que aparezca un niño recién nacido en el asiento del copiloto. Pero Ascensión no estaba para rodeos ni y preámbulos.

– ¿Es cierto lo que me han dicho, Silvia?

–Quería llamarles por eso. Y lo primero, pedirles disculpas. Se me juntó todo, ya se puede imaginar.

Quedaron en verse en aquella misma semana. Su primera sorpresa fue ver el loro de nuevo en la jaula.

–Apareció Tiburcio. ¡Qué gracia!

–Si, hija. Dentro de la desgracia, estamos contentos porque por lo menos ha aparecido Tiburcio. Lo de Kilian sigue en los juzgados.

–Mamá, mamá.

 

                                               ***

Todos los domingos, sin falta, conejo con aromas de romero. Ascensión cambiaba al niño y Silvia descansaba en una butaca frente al adormilado Raimundo.

–Quien me iba a decir que tu me ibas a hacer abuela.

–La vida, Ascensión.

Me gusta que lo hayas puesto Kilian, es un detalle.

Cuando cumplió un año, ya lo sentaban en la trona, mientras ellos acababan de apurar los huesecillos del conejo con hierbas. Le ponían sobre la mesa juguetes, peluches, pelotas, una muñequita y algún cochecito de la estantería de Kilian. Acariciaba el peluche, era un niño cariñoso, hacia rodar la pelota y aprendió a mecer la muñeca de trapo. Cuando le ponían coches, los conducía poco a poco hasta el borde de la mesa y con su manecita los empujaba para que cayeran al suelo. Había roto más de diez. Aún  quedaban muchos en la vitrina.

 

 

 

 

 

Cristina y su hermana

No acababa de entenderlo, no podía ser. Aquella dependienta de la panadería era idéntica a Cristina,  mi Cristina del super. A Cristina la veía cada sábado cuando tocaba alegrar la nevera. ¿Qué quieres, rey? ¿Hoy qué te pongo, guapo?  Rey, ya la he calado, se lo dice a casi todos los hombres, como las pescaderas, pero guapo no se lo decía a todos los clientes. Hay gente muy susceptible que lo tomaría como una indirecta.  Yo me considero normal, del montón, guapo, lo que se dice guapo, no, más bien normal tirando a bien parecido.  Desde que la vi  por casualidad  con el pincel en la mano en medio de la acera  no dejé de darle vueltas. ¿Trabajaba en dos sitios? Imposible.  ¿Cómo podía ser la misma mi Cristina del súper y la tía de la panadería? Cristina trabaja en mi barrio, en lo que los sociólogos llaman ciudad dormitorio y su doble en el meollo de la capital, al lado de la universidad. 

Aquella mañana, camino de la Facultad, tuve que bajar de la acera para no chocar con ella. Me sorprendió tanto que estuve a punto de decirle: ¿Qué haces aquí con un pncel? Me detuvo el sentido común. Con un bote de pintura en la mano escribía las ofertas del día en el cristal de la panadería. Me pasé ala acera de enfrente para observarla. Buñuelos de viento a cinco euros. Pan de higos a un euro. Con el bote y el pincel en la mano se metió a la tienda sin mirarme siquiera, sin mirarme, el rey, el guapo  que cada sábado le compraba la carne y el pollo.  En clase no me concentraba, seguía dándole vueltas al tremendo parecido. ¿Cómo podía mi Cristina desplazarse vertiginosamente de una punta a otra de la ciudad?  

A la semana siguiente, casi chocamos en medio de la calle. Salía cargada con un saco de pan para algún bar o restaurante cercano. La tuve frente a mí. La miré. Ella me miró un momento con la indiferencia natural del instante de cruzarse. Estuve a punto de decirle: ¡Cristina! ¿Qué pasa? ¿No me conoces? Era ella.

La curiosidad, ese venenillo de querer descubrir los enigmas, me picaba tanto que al día siguiente entré a comprar un croissant. Había muchos clientes, las vendedoras, ágiles, envolvían el pan en un papel, pinzaban una ensaimada para llevar, cobraban. ¿Quién va ahora?  No me pudo atender Cristina, mi Cristina. Me conformé con mirarla largo rato mientras me despachaba otra dependienta. Era una lástima que en aquella panadería no llevaran el nombre prendido en el delantal, como en el súper. Era ella, seguro, mi Cristina de los sábados: ¿Podía tener una hermana gemela? Era una posibilidad. La madre naturaleza  con ganas de confundir.  El corte de pelo, la melenita que no le llega a los hombros, el mismo color negro, brillante, piel morena, ojos negros. Si era ella, ¿por qué no quiso reconocerme en  cuando la miré con descaro mientras pagaba el croissant a la compañera?

Al día siguiente caminé lentamente al acercarme a la panadería, me tomé mi tiempo para leer la oferta que seguramente acababa de escribir Cristina en el vidrio, como si me importara mucho el pan de pipas. Miré al interior, allí estaba despachando. Lo más normal del mundo. La miré desde la puerta. Se quedó quieta, mirándome con el cambio del pan en la mano. Aquella mañana creí haber salido de dudas: Me había reconocido. Tal vez quería ocultar su pluriempleo.

Intenté sobornar a mis colegas de la universidad  con croissants y buñuelos gratuitos. Ninguno estaba dispuesto a preguntar a la morenita delgada de la panadería si se llamaba Cristina, ni con un pan de higos de regalo ni con dos ensaimadas de chocolate.

El sábado siguiente,  nada más abrir el súper, me planté en el mostrador de la carne. Allí estaba Cristina,  afilando los cuchillos y colocando sobre el género las banderillas con el  precio de la picada, del filete, de las chuletas. Tenía que aclarar el tema. Me saludó como de costumbre. Hola, rey ¿Qué te hago hoy?  Tengo unas hamburguesas recién hechas, con su perejil, su  pimienta. Pues, no Cristina, hoy va a ser un pollo. Córtalo en trozos pequeños, para hacerlo al ajillo Las pechugas, no. Me las abres en filetes. ¿Para rebozar? Sí, claro, para rebozar. Era el pedido más largo que se me ocurrió. Así pude observarla bien,  recorrer todos los rincones de su cara, su posible sonrisa cómplice por no haber querido saludarme en a panadería. Cristina no es guapa, a primera vista parece una  chica del montón, anodina, pero si  la miras fijamente durante un rato, ves algo especial en su cara, unas facciones suaves, agradables. Siguió cortando sin piedad  aquella carne blanda y pegajosa. Yo observaba la armonía de sus facciones, sus labios finos, algo pálidos, la nariz pequeña, recta,  la cara que tira más  a redonda que a ovalada. ¿Te lo dejo así, rey? Muy agradable su voz clara, bien impostada. ¿Te va bien así? Sí,  y ahora ponme cuatro pechugas más, también para rebozar, córtalas muy finitas.

Ella estaba acabando su faena, no soltaba prenda y yo no me atrevía a  empezar.  ¿Tienes una hermana gemela? No, mejor preguntar directamente: ¿Trabajas también en una panadería de Barcelona? Estaba a punto de acabar mi encargo y yo no arrancaba. Por fin oí mi propia voz: Eres una artista, Cristina. ¿Yo artista? ¿De qué? Sí. Manejas muy fina el cuchillo. Es la profesión, bonito. ¿Te lo dejo así? Ya, vale. ¿Puedo hacerte una pregunta? Tú dirás, rey. ¿Te gustaría trabajar en una panadería? Vaya pregunta. ¿Alguna cosa más?

 Cuando recogí de su mano la bolsa de plástico con el pollo y las pechugas  no me llamó ni guapo ni rey. Había metido la pata. A nadie se le ocurre ofrecer trabajo en público a una dependienta del súper. 

Me quemaba el tema. El parecido era total, pasaba cada día y me quedaba en la puerta mirando a la panadera misteriosa. Algo no encajaba. Las coordenadas espaciotemporales. Se tarda casi una hora en llegar del súper a la panadería a no ser que alguien tenga una moto de gran cilindrada, se juegue e tipo y pueda hacerlo en veinte minutos.

Por fin una mañana, Angie, mi compañera de clase aceptó por adelantado una  ensaimada rellena de cabello de ángel y un café con leche a condición de preguntar a la dependienta morena de uno sesenta y cinco, pelo corto, negro azabache, si se llamaba Cristina.

–Héctor, te lo juro. Se llama Cristina. Me lo ha dicho ella misma delante de la encargada, que estaba a su lado.

El descubrimiento me llevó a la conclusión de que Cristina quería mantener en secreto su pluriempleo, tal vez por razones legales. Eso explicaba también su cambio de actitud por mi inoportuna pregunta en el super  sobre trabajar en una panadería.

Como normalmente cumplo con mi viejo en la gestoría, me concedió tarde libre. No se lo tomó a mal pero aprovechó para decirme que si aquel piso que estaba al caer, lo endía él, yo no vería ni un euro de la comisión. Acepté el precio de  resolver de una vez el enigma. Anulé  dos citas con dos clientes y me fui directamente al súper. Un súper, una estación de autobuses, una tienda, como una plaza de pueblo, cambia con la hora. El público de las cinco de la tarde en el súper no era el de mis sábados madrugadores. Había más gente joven, solteros que llenaban su nevera, madres con el niño en el carrito. Atravesé pasillos y líneas, mostradores, neveras y estanterías, fruta fresca, yogures y bebidas de toda clase y me detuve en el mostrador de la carne. No vi a  Cristina. Esperé. Podía estar picando carne en la trastienda o colgando corderos desnudos en la cámara frigorífica. Vaya usted a saber si despachando pan y pastas cerca de mi universidad.

Pedí la vez, dos señoras charlaban con la vendedora. Me tocó el turno. Cristina no aparecía. ¿Qué desea, joven? Joven. Ni rey ni guapo. Cincuenta gramos de lomo ibérico para un bocadillo. Antes de que cogiera la pieza de lomo, disparé a quemarropa. ¿Dónde está Cristina?  Por las tardes no trabaja, joven.

Aquello empezaba a cuadrarme: Sólo trabajaba en el súper los sábados por la mañana, precisamente el día en que yo no paso por la panadería. Me guardé en la parca el lomo metido en plástico y me lancé a comprobar mi hipótesis de trabajo.    

En el vagón del metro cargado de madres con niños, trabajadores, parados, ociosos y funcionarios, me llegaba el olor del lomo ibérico. Lancé al aire cargado del vagón mi  descubrimiento. Sólo hay una Cristina. Trabaja durante la semana en la panadería y el sábado por la mañana en el súper.  Por las tardes no trabaja, había dicho la del súper.  Me apeé en Universidad, dejé las escaleras mecánicas para los vagos y ancianos y subí saltando los escalones de tres en tres. La calle de la tarde  tampoco era mi calle de  las mañanas, siempre fresquita y casi desierta. Iba directo a comprobar  que no había enigma que resolver. La pregunta, bien simple: ¿Eres tú? Pues  ¿por qué  no me reconoces cuando me ves en la panadería?

Me disculpé ante una mujer porque la empujé al entrar. Miré a lo largo del mostrador. No estaba Cristina. Una de las dos dependientas, muy amable, me preguntó: ¿Qué te pongo?  Una barra pequeña para un bocadillo. En la bolsita de plástico llevaba los cincuenta gramos de lomo ibérico que con el calor del cuerpo me iban a dejar una mancha roja de grasa.  Setenta céntimos. ¿Me la puedes abrir para el bocadillo? Le di cincuenta euros, Cristina no parecía por ningún lado, se trataba de ganar tiempo. ¿No tienes algo más pequeño? No, lo siento.  Uff. ¿Ni un euro? Me va fatal. Dame monedas, me da lo mismo. Me va peor todavía. Si quieres, vuelvo mañana, y te traigo el dinero, paso cada día por aquí, estudio en la Facultad. ¿De verdad, no llevas nada más?  Ya te lo he dicho. Pasa mañana, pero no te olvides. Muchas gracias, mañana paso. Me senté en el borde del surtidor de una plaza cercana. No tenía hambre pero me molestaba la barra de pan en una mano y la bolsita de plástico en la otra. Metí las rodajas entre el pan y empecé a comérmelo sin gana. Estaba triste: Intento fallido, descubrimiento retrasado por causas ajenas a nuestra voluntad. Descubrí, al menos,  que a las palomas les gusta más el pan que el lomo ibérico.

Al día siguiente,  miércoles por la mañana, pasé por el súper antes de viajar al centro. Me iba a perder la primera clase, la  de Antropología pero me tenía atrapado el enigma de genética, el tremendo parecido entre mis dos Cristinas, más importante que el concepto antropológico de cultura. Me dijo su compañera que aún no había llegado. Alargué el paso y corrí al tren. Después al metro. La clase de Antropología ya había comenzado. Era imposible encontrar a Cristina despachando pan si a la misma hora entraba a trabajar en el súper.

Trastabillando entré a la panadería.  Con los setenta céntimos  entre los dedos me planté en el mostrador. Cristina me esperaba,  creo que me sonreía., me había reconocido. La miré fijamente antes de darle el dinero. ¿Qué le pongo? Me quedé mudo. ¿Qué desea?  ¿Quiere algo? Nada, Cristina. Se quedó mirándome seria. ¿Nos conocemos de algo? Yo creo que sí. Me miró con dureza. Me sentí confuso, atrapado. ¿Cómo me trataba así, si era ella? ¿Cómo podía engañarme a cuarenta centímetros de distancia? Cuarenta centímetros era mucha distancia en aquel momento y volvía a tratarle de usted.

–Tenga esto, ayer compré una barrita de setenta y no pagué, su compañera no tenía cambio de cincuenta euros.

–Muchas gracias. ¿Algo más?

–Nada, Cristina.

– ¿ Perdón?

–Nada, nada. Adiós.

¿Qué estaba pasando? Me volvería loco. La había tenido a menos de medio metro. Era ella. No quiso reconocerme. ¿Por qué? Entonces ¿no era ella?

El sábado siguiente nos encontramos. Cristina me había comentado alguna vez que a media mañana hacía la pausa del bocadillo en el café del paseo. Aunque ya no fumo, le acepté un cigarrillo. Me preguntó por mis estudios. Después hablamos de mi trabajo. No sabía que por las tardes enseñaba pisos.  Dime la verdad, ¿Qué porcentaje os queda a vosotros, cuando colocáis un piso? Yo tampoco quise perder la ocasión. Ciertamente tenía una hermana. Cristina aprovechó para introducir su cuña publicitaria. Por cierto, mi hermana está buscando piso. Dame su teléfono y quedaremos. ¿Sois gemelas? ¿Qué te inventas, guapetón?

Una tarde quedé por teléfono con su hermana para enseñarle una verdadera ganga.  Esperé en el portal. Pasaban quince minutos de la hora de la cita, a punto de marcharme,  una mujer frenó delante del portal, se quitó el casco y me preguntó si era el de la inmobiliaria.

–Soy la hermana de Cristina.

Era mucho mayor que ella, le eché unos treinta y cinco años. De hermana gemela, nada de nada. Subimos a ver el piso. Le gustó. El precio no. Se lo pensaría. Me telefoneó días después para decir que se lo quedaba si el propietario le hacía una pequeña rebaja. Quería volver a mirar la cocina por si podía ahorrarse una reforma.

–Algo se puede hacer. Quiero saber si el piso le interesa de verdad porque negociar con el propietario, ya sabe, tiene que ser en firme.

–Claro que me interesa. Lo compro si me quita veinte mil.  

–Mucho es, pero lo voy a intentar. Usted deposite en el banco la paga y señal de la que hablamos y lo hablaré con el amo.

Así lo hizo y me mandó el resguardo. Cuando faltaba una semana para ir al notario, me llamó para decirme que se volvía atrás. La habían despedido del trabajo y en ese caso le era imposible cargar con la hipoteca. Le dije que lo sentía mucho, menuda contrariedad. Me pidió que le devolviera el depósito.

–Las reglas son las reglas. Era su riesgo y usted lo asumió. En este caso, me corresponde quedarme con la paga y señal.

La hermana de Cristina se quedó desconcertada. Esperaba otro trato. Cuando el sábado me acerqué al súper, preferí coger un pollo con bandeja de poliuretano de los congelados para no ver a Cristina. Ella sí me vio, salió un momento del mostrador.

– ¿Le vas a hacer esa guarrada a mi hermana? No serás capaz.

–No depende de mí, Cristina.. 

Me cogió las manos y las apretó contra las suyas.

–Bueno, lo intentaré. Que me llame tu hermana.

Quedamos una tarde en el piso para concretar la devolución. Aparcó  una bonita BMW delante del portal.

–Buena moto.

–Es de mi hermana.

Aquella mujer madura no se parecía en nada a su hermana. Tenía más cuerpo, me gustaba, estaba bien hecha.

– ¿Subimos y hablamos?

–Hay poco que hablar ¿no?

– ¿No le parece feo ponerse a contar los euros aquí delante de la gente? Subamos, es un momento.

Nos miramos. Si quería recobrar los seis mil  de la paga y señal, no tenía más remedio que ganárselos. La tenía cogida. Yo no tenía ninguna obligación de devolverle ese dinero. Había calculado mal, mala suerte.

Yo creo que sospechó algo de cuáles eran mis intenciones. En juego estaban seis mil euros. Subimos al piso. Los anteriores inquilinos habían dejado un colchón prácticamente nuevo. La hermana de Cristina se comportó mejor de lo que yo podía esperar en esas circunstancias.  

Suponía que no le habría comentado a su hermana nada del piso y el colchón. Es algo desagradable entre mujeres. Quise comprobarlo. Me llevé un chasco. Cristina fría, distante, nada de rey no guapo ni bonito. Sí, seguía hablándome de tú, pero seca como un palo. O sea, que lo sabía.

Como reacción ante este rechazo, intenté acercarme a su sombra, a su doble, a mi panadera, mi otra Cristina. Cada mañana, camino de la Universidad, pasaba a comprarle la oferta del día, dos croissants por uno o un pan de higos o una palmera de chocolate. Se acordaba de cuando le devolví setenta céntimos el día en que la llamé Cristina por error. Era más simpática que al principio.  Un día le pregunté a qué hora salía. La esperé.  Tomamos una coca cola en una terraza y nos despedimos. Pocos días después, otra coca cola y la invité al cine al día siguiente. Se sorprendió al principio, pero aceptó Después del día de cine, fue ella quien me sorprendió.

– ¿Por qué no tomamos algo cerca de mi bloque?

Dimos una vuelta por su barrio y ningún local se prestaba a sus gustos o por caro o por hortera o por poco iluminado.

–En veinte minutos estamos en mi casa. Vivo con una amiga pero esta semana está en  un festival de cine.

Yo alucinaba. Mi otra Cristina me invitaba a subir a su casa. Por el camino compré una botella de Ribera de Duero para festejar la aventura. Ni me acuerdo de lo que cenamos, yo sólo pensaba  en lo que sucedería después. ¿Te gustan los ritmos latinos? La balada romántica, por ejemplo. Vale. Tengo también algo de música caribeña y de Reggaeton? ¿No tienes nada de Hip hop?  No puedo con esa música. Voy a mirar. Algo tendré. Y nos fuimos relajando.

Al ritmo de una sensual danza de Maypole hablamos de todo, un poco de ecología, algo de cinema independiente. Decía que odiaba a los banqueros y a los políticos en general. Se debió de estropear el CD, seguíamos escuchando durante un rato la danza de Maypole. Ninguno de los dos se levantó para sacarlo del buzón.

. Cuando comencé a buscar el broche del sujetador, ella ya paseaba su mano sobre mi bragueta comprobando el efecto endurecedor del paseo. Todo fue muy rápido. En un movimiento ensayado, la sacó fuera y a punto estuvo de dejarme castrado para toda la vida. No me pregunten dónde llevaba escondida la navaja.   

Me estoy recuperando. Todavía ando un poco espatarrado. Todo fue muy rápido, repito. Gracias a  mis buenos reflejos ha sido menos de lo que podía haber sido. Me va a costar meses que se me ponga dura del todo.

Después de tres semanas, he vuelto a salir a la calle y a reiniciar la vida normal. A mi padre le dije que me enganché con la cremallera  de los tejanos. He vuelto a clase. Para no pasar por delante de la panadería doy un rodeo. Tampoco he querido poner una denuncia. Mi padre se enteraría de todo y me echaría de su negocio.

Aunque se me nota todavía al andar, quise ver si a la auténtica Cristina, a la buena, se le había pasado el enfado.  

–Hola rey, Hace mucho que no vienes por aquí. ¿Qué te pongo? ¿Un pollo, cómo siempre, guapo?  

Pues, sí, lo de su hermana ya era agua pasada. No me hizo ninguna pregunta referente a pisos, ya estaba olvidado aquello.

–Lo quiero todo abierto para la plancha.

–De acuerdo, bonito, te lo voy a abrir todo.

De dos certeros golpes partió el pollo en dos mitades, separó los muslos, cortó las pechugas y las abrió en filetes. Acabado el despiece tomó con una mano la cabeza y el cuello del ave y lo balanceó delante de mí. Separó la cabeza y cogió con dos dedos el cuello del animal. Parecía un pene fláccido.

–Esto no te lo hago para la plancha, ¿verdad, rey? 

 

Y de un  tajo lo partió por la mitad. Instintivamente me llevé las manos a las ingles.